Viernes de Muerte, Domingo de Resurrección.

Que no duerma nadie!! Que no duerma nadie!!….

Turandot (Puccini)

 

Esa es la orden que da Turandot, la fría princesa imperial China, en la famosa ópera de Puccini, del mismo nombre.

Turandot es un nombre de origen persa que significa ‘La hija de Turán’. Turán es una región de Asia Central que pertenecía al Imperio persa. El origen de la historia de Turandot se remonta al poema titulado Las siete bellezas o Las siete princesas, obra de Nezamí Ganyaví, uno de los grandes poetas épicos de la literatura persa.

Este poema relata la historia de un príncipe persa de la época Sasánida, que tenía 7 princesas, cada una de ellas proveniente de un lugar distinto del imperio: Egipto, China, Rusia, Grecia, Turquía, India y Asia central. Una de estas princesas, de origen ruso, no encontraba ningún hombre que fuera digno de ella, y por eso se encerró en una fortaleza y declaró que se entregaría al hombre que la encontrara y pudiera resolver una serie de enigmas. Pero una vez resueltos los enigmas, el candidato debía pasar por su “puerta secreta guardada por misteriosas espadas que amenazan con decapitar al intrépido”.

Esta historia fue recogida por François de la Croix, un orientalista francés contemporáneo de Antoine Galland, traductor de Las mil y una noches, en una colección de cuentos llamada Los mil y un días. En esta obra se hace una transposición cultural de la princesa rusa original a una fría y cruel princesa china llamada “Turandokht”. Esta transposición tiene como objeto acentuar el carácter exótico de la historia.

A partir de este relato, Carlo Gozzi creó una tragicomedia al estilo de la comedia del arte, que luego fue recreada por el poeta alemán Friedrich Schiller. El texto de la ópera de Puccini está basado en una traducción italiana de esta obra.

En Turandot, Puccini nos presenta un tema que podríamos transponer a la situación de estos días, y muy especialmente a un día como hoy, domingo de resurrección. En la versión de esta historia de Puccini, Turandot es una princesa “fría como el hielo”, que quiere vengar la muerte de una antepasada suya, que fue violada y abandonada a su muerte por extranjero. Por ello, impone a sus pretendientes la resolución de tres enigmas, para poder desposarla, y en caso de no conseguirlo, morirán decapitados. De hecho, el primer pretendiente, el Príncipe de Persia, siendo incapaz de resolver los enigmas, es ejecutado por el verdugo imperial, a pesar de que el pueblo de Pekin pide clemencia a Turandot. Pero la princesa, fría y desdeñosa, llena de afán de venganza, ordena al verdugo continuar y ejecutar al príncipe. Y es precisamente en esta circunstancia tan oscura, cuando Calaf, el príncipe tártaro, ve a Turandot y se enamora de ella. Durante toda la obra, Calaf será nombrado como “El ignoto”, pues su nombre solo será desvelado al final de la obra.

Calaf decide entonces, presentarse como candidato, a pesar de las advertencias de varios personajes. Entonces, Turandot le plantea tres acertijos que Calaf resuelve; el primero, es un acertijo sobre la esperanza; el segundo, un acertijo sobre la sangre, y finalmente, un acertijo que hace referencia a la propia Turandot, que Calaf también resuelve. Ante tal situación, Turandot pide amparo al emperador para no ser entregada a un extranjero, pero el emperador se niega, ya que la palabra ha sido dada. Pero Calaf, queriendo vencer la resistencia de la princesa, le propone un nuevo enigma: “Descubre mi nombre antes del alba, y yo moriré” (“Dimmi il mio nome e all’alba morirò…”). Es entonces, en el tercer acto, donde se encuentra una de las arias más conocidas para tenor, Nessun dorma. Turandot envía a la guardia para averiguar el nombre del desconocido príncipe, y estos ordenan al pueblo de Pekín “Que nadie Duerma”, puesto que solo tienen tiempo hasta el alba para averiguar el nombre. Tras torturar a una doncella que ama secretamente a Calaf, este reprocha a Turandot su frialdad heladora, pero tras una larga conversación, consigue besar a la princesa, y rendido de amor, Calaf desvela su nombre.

Cuando llega el alba, ante el pueblo de Pekín y ante el emperador, Turandot se dispone a desvelar el nombre de Calaf y a ejecutarlo, y en el ultimo momento, dice “Su nombre es….. Amor”. El pueblo entonces, estalla en alegría, y canta en celebración:

¡Amor!

¡Oh, sol! ¡Vida! ¡Eternidad!

¡Luz del mundo es el amor!

¡Ríe y canta bajo el sol

nuestra infinita felicidad!

¡Gloria a ti! ¡Gloria a ti!

¡Gloria!

Así, la historia de Turandot es una historia que nos recuerda la victoria del amor sobre el odio, el retorno de la luz del sol, después de la larga noche; la resurrección, después de la muerte.

Y en esta historia, es clave la actitud del héroe, Calaf, que a diferencia de los héroe que estamos acostumbrados a ver habitualmente, no lucha contra ningún enemigo exterior, sino que se entrega por amor, para transformar el frio helador del alma de Turandot.

En todos nosotros vive una Turandot, una parte de nuestra alma que, llena de frio y de dolor, culpa “al extranjero”, a “lo desconocido”, e intenta destruirlo. Pero también, en cada uno de nosotros, vive un príncipe lleno de amor, capaz de los mas altos sacrificios, para transformar ese odio, esa frialdad, ese dolor, en amor.

Y este amor, no es un amor “ideal” o “sentimental”, sino un amor que nace de la contemplación del ser amado, como Calaf se enamora de Turandot al verla, tal cual es.

Es a esta capacidad de entrega, de contemplación de lo que sucede, a la que quiero hacer una breve referencia hoy con este humilde artículo.

Aunque parezca disparatado lo que voy a decir, esta convicción es la base de nuestro trabajo, en Triforma: “los problemas de las empresas no están en el exterior, sino en las personas que las dirigen”. Mucho me dirán que en este caso, esta crisis es completamente “exógena”, que nada tiene que ver con cada uno de nosotros. Y efectivamente, desde el punto de vista de Turandot, se trata de un problema “externo”, “ajeno”. Pero no hay nada mas cierto que el cambio. Y la primera medida del liderazgo frente a cambios, especialmente de esta profundidad y de esta índole, no es colocarse en una posición de critica, por mas fundamentada que dicha critica pueda estar. La primera medida del liderazgo, es la capacidad creativa de percibir el cambio y reinventarse, de entregarse, como Calaf, para poder transformar el frio helador, y hacer nacer las fuerzas que alimentan nuestra creatividad, nuestra capacidad de dar nuevas respuestas hacia el futuro.

Quiero decir desde esta humildísima tribuna, a todos nuestros clientes, presentes, pasados y por venir, a quienes nos siguen en nuestro blog, a nuestros colaboradores y partners, a nuestro equipo de consultores, que muchas empresas, empezando por nosotros mismos, tendrán que aprender, no solo a tele-trabajar, sino a cambiar su cultura de un modo muy profundo, ya que no se puede liderar a los equipos del mismo modo de forma presencial que de forma remota. Será necesario ser capaces de marcar objetivos claros, y medirlos, una de las dificultades tradicionales en la gestión empresarial mediterránea, y especialmente española. Habrá que rediseñar servicios, optimizar procesos para ahorrar costes, gestionar la cuenta de resultados con un margen mas estrecho, potenciar nuestra visibilidad…. Y con toda seguridad, no lo haremos en un día.

Tardaremos, y por el camino, como en Turandot, habrá dolor y tortura, pero como bien saben aquellos a los que hemos acompañado en estos últimos diez años, casi todos tocados de un modo u otro por la crisis de 2008, lo importante, es mantenerse comprometido en el proceso de cambio, de transformación, “no dormirse”, justificándose en antiguas ideas y en antiguas reacciones que de nada nos sirven en este nuevo escenario.

Y al final, si logramos no dormirnos durante la oscura noche, si somos capaces, como Calaf, de entregarnos al proceso de cambio, para reinventar nuestras organizaciones, y para reinventarnos nosotros mismos, pues lo uno es imposible sin lo otro, entonces, al alba, venceremos.

Os dejo aquí, con el video de Nessun Dorma, la bellisima aria del tercer acto de Turandot, interpretada por los tres tenores (Placido Domingo, Jose Carreras y Luciano Pavarotti) en Roma, en 1990.

 

Y al tercer día, resucito.

Corintios, 15,4.

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